Una lectura de los paisajes rurales desde el registro arqueológico

Durante décadas las estrategias de promoción turística en muchos territorios rurales, especialmente en las áreas de montaña, han puesto el acento en subrayar los valores naturales de un paisaje del que se resaltan determinados elementos emblemáticos: una geología espectacular, unos bosques prístinos o una fauna en peligro de extinción. En cambio, estas lecturas ponen escasa atención en la importancia que ha tenido la mano del ser humano en la conformación de los paisajes tal y como los conocemos en la actualidad. Evidentemente, desde diversas disciplinas ha existido ese interés, pero parece que en los últimos años, por encima de la importancia de las comunidades humanas como hacedoras de paisaje, se está imponiendo, en algunas zonas peninsulares, una visión más natural y contemplativa del paisaje y del territorio.

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Las actividades antrópicas han impreso su huella de manera clara en los paisajes rurales.

A estos planteamientos hay que unir la encrucijada en la que se sitúa el medio rural español, que desde mediados del siglo XX sufre una severa despoblación y en los últimos años ha sido el receptor de las diversas políticas nacionales y europeas, en muchas ocasiones contradictorias, en las que prácticamente está ausente una mirada que dote de valor patrimonial al variado elenco de elementos que conforman el paisaje.

Partimos pues del concepto de los paisajes culturales, intentando revalorizar toda una serie de elementos que son el resultado de la acción del ser humano sobre el medio durante milenios y que han permitido la conformación de los paisajes actuales. Unos paisajes que tienen una compleja profundidad histórica que no sólo debemos investigar desde las construcciones más emblemáticos que generalmente son considerados yacimientos arqueológicos, sino desde el estudio de cualquier elemento que aporte información que permita acercarnos a la complejidad de las prácticas productivas. Así, junto a castillos, iglesias, cuevas, lugares de hábitat o grandes monumentos, estudiamos sistemas de aterrazamiento, canales de riego, estructuras ganaderas…, y damos una gran importancia a los estudios bioarqueológicos que, por un lado nos aportan datos que permiten dar profundidad histórica al paisaje actual y decodificar su proceso formativo, y por otro nos dan información sobre grupos sociales que han sido los grandes ausentes de las investigaciones en determinados períodos. Se trata pues de abordar el estudio del paisaje de forma diacrónica y compleja: trascender la información que nos aporta la lectura de las formas que se mantienen en superficie y los datos de los documentos escritos y comprender el paisaje a través de la aplicación de la metodología arqueológica.

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Margarita Fernández Mier en una visita al castillo de Cea con alumnado de la ULE

Para ello hemos trabajado en una doble dirección, con casos de estudios que plantean una problemática tanto histórica como metodológica muy distinta: dos aldeas de montaña aún ocupadas en la actualidad, Vigaña y Santu Adriano en Asturias y el municipio de Cea en León. Analizaremos de forma sucinta ambos casos en la charla que da inicio a las Jornadas Patrimonios emergentes: viejas fábricas y paisaje rural, que ha organizado el grupo de investigación Invester y ha promovido el Departamento de Geografía y Geología de la Universidad de León, bajo la coordinación de la profesora Paz Benito del Pozo.

Esta forma distinta de abordar la práctica arqueológica, ha permitido avanzar cualitativa y cuantitativamente en la historia de la conformación del paisaje, pero además nuestro equipo de trabajo ha apostado fuertemente por contribuir a la revalorización de lo propio por parte de la población que aún se mantiene en el medio rural. Para ello hemos diseñado diversas actividades que implicaban a la población, en algunos casos con mayor éxito que en otros; sin embargo consideramos a lo largo de los seis años de desarrollo del proyecto hemos logrado contactar con la propia comunidad investigada y hemos comenzado a crear canales de comunicación en una doble dirección: nosotros, la comunidad científica, recuperamos una valiosísima información histórica y ellos, los habitantes del medio rural, adquieren herramientas que les ayudan a revalorizar su patrimonio.

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