Ciencia para una cuarentena: Arqueología de los Comunales en la Cordillera Cantábrica

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El grupo de investigación LLABOR (Llaboratoriu Rural de Paisaxe, Historia y Patrimoniu), sigue (tele)trabajando en estos tiempos tan complejos y preocupantes que nos toca vivir. Y lo hacemos convencidos de la necesidad — hoy más que nunca — de una investigación con un alto grado de implicación con el territorio y en la que la transferencia y la co-construcción de conocimientos sean la base para un desarrollo científico crítico y abierto. Unas herramientas que serán útiles para enfrentarnos a las reflexiones futuras que la pandemia del COVID-19 ha de activar en lo tocante a la relación que el ser humano ha tenido y tiene en la actualidad con el medio en el que vive.

Hoy nos toca aportar nuestro granito de arena desde casa, dándoos a conocer una de las investigaciones que desde los últimos dos años venimos realizando: la arqueología de los comunales en las áreas de montaña de la Cordillera Cantábrica.

En el marco del proyecto coordinado de investigación ELCOS – Espacios locales y complejidad social. Las raíces medievales de un conflicto del siglo XXI – y bajo la tutela de Santiago Castellanos García y la dirección de Margarita Fernández Mier y Pablo Alonso González, nuestro compañero Pablo López Gómez está realizando su proyecto de tesis titulado “La gestión de los comunales en la Cordillera Cantábrica desde época medieval a la actualidad. Resiliencia, conflictividad y paisaje”, adscrita al Instituto de Investigación en Humanismo y Tradición Clásica de la Universidad de León.

El principal objetivo de este proyecto es profundizar en el conocimiento de las comunidades rurales del noroeste de la Península Ibérica. Unas comunidades que se encuentran inmersas en un largo proceso de crisis desde mediados del siglo XX y que han vuelto a saltar a la agenda investigadora y política de la mano de las reflexiones sobre la España vacía o vaciada. Sin embargo, plantear soluciones a esta situación debe de pasar necesariamente por contar con las propias comunidades y entender de forma compleja cómo han mantenido y aprovechado sus recursos a lo largo del tiempo. Modelos de gestión históricos en los que han primado las prácticas colectivas, semicolectivas y los usos comunales.

El proceso de disolución de los comunales favorecido por los estados liberales desde el siglo XIX ha generado un interesante debate a nivel europeo, focalizándose la investigación en el funcionamiento de las instituciones, en su viabilidad económica, en  la sostenibilidad ecológica o como favorecedoras de fórmulas de gestión más participativas. Sin embargo, la desaparición de estos modelos de organización colectivos en el Norte de Europa choca con la pervivencia de los mismos en las áreas del Sur, donde se mantienen hoy en día mostrando su alta capacidad de resiliencia.

La persistencia de estas formas de organización colectiva, en permanente relación de cooperación/conflicto con actores externos de todo tipo, sigue siendo una constante en los territorios altimontanos de la Cordillera Cantábrica, especialmente en los espacios de uso ganadero y forestal. Actividades comunales — que en muchos casos quedan enmascaradas dentro de las  ordenanzas y normativas municipales— ligadas al mantenimiento de la identidad comunitaria.

Pero entender la complejidad de estos modelos colectivos y analizar los diferentes papeles que han desempeñado en la economía e identidad de las sociedades campesinas pasa, necesariamente, por darles profundidad historia. Debemos investigarlos desde una perspectiva diacrónica que nos permita realizar una lectura regresiva y relacional de los mismos, observando los cambios y las diferentes estrategias adoptadas por las comunidades locales para mantener sus derechos sobre los comunales y prestando especial atención a las distintas estrategias de lucha que generan los conflictos de intereses entre los distintos agentes implicados en su aprovechamiento. Es por ello que la Edad Media se convierte en el laboratorio ideal de investigación en el que se puede analizar la formación de las redes aldeanas, los modelos de territorialización del espacio local y la capacidad de acción que las propias comunidades tenían a la hora de generar y defender el mantenimiento de los modelos de gobernanza colectivos.

Fig. 1

Figura 1. Sestaferia en La Cabaña. Año 1958-60. Fondos: Memoria Digital de Asturias

Por otro lado, desde el punto de vista metodológico consideramos que únicamente podemos entender el estudio de los comunales desde la arqueología agraria y la arqueología de las aldeas habitadas. Una práctica metodológica en la que el análisis de los espacios productivos de uso comunal deban analizarse junto con el resto de actividades de esas comunidades aldeanas, estudiando de una forma diacrónica y relacional la evolución de los paisajes rurales, combinando los resultados de las intervenciones de los espacios de alta montaña con los de las investigaciones realizadas en las propias aldeas.

Para ello hemos desarrollado un protocolo de actuación en el que se combinan los estudios de la arqueología del paisaje, la reconstrucción de la historia agro-biológica de los espacios agro forestales, la (re)lectura critica de la documentación escrita, el estudio de parcelarios y sistemas agrarios históricos prestado especial atención a la toponimia, la antropología y la etnografía.

Fig. 2

Figura 2. Equipo de trabajo durante las labores de prospección arqueológica en la braña La Forcada.

Un protocolo que hemos empezado a desarrollar en dos áreas de la Cornisa Cantábrica: el entorno del cordal de Cueiru y los puertos de Andrúas. Ambos son espacios multifuncionales  altimontanos en los que destacan los usos ganaderos y la abundancia de brañas. 

Una de esas brañas es la de Los Fuexos de Montoubu (Miranda). Localizada en la vertiente norte del cordal de Cueiru es un espacio comunal aprovechado por todo el vecindario de la aldea (aunque existen algunas propiedades privadas en los límites de esta braña). Se asienta en una pequeña terraza o anfiteatro en las cercanías de tres surgencias de agua en la ladera suroeste del Cantu la Celada. Cada vecino de la aldea tiene una cabaña destinada a cobijar al ganado y a la persona que durante el verano se desplaza diariamente a atenderlo. También hay construcciones especificas, bel.lares, destinadas únicamente a albergar a los animales más jóvenes. Generalmente asociadas a las cabañas y bel.lares hay corrales, algunos individuales cercanos a las cabañas, o colectivos localizados en medio de las construcciones. Es habitual en estas zonas la presencia de construcciones, destinadas al enfriamiento de la leche que se ordeña por la noche, ol.leras. Durante las labores de prospección se identificaron 30 construcciones, 5 corrales y 3 ol.leras. La junta vecinal de Montoubu es la propietaria de sus espacios de pasto y monte, comprados al estado tras los procesos desamortizadores del siglo XIX. Existe una última compra en el año 1934, lo que refuerza la viabilidad de este modelo de gestión comunitaria del espacio dentro del seno de la comunidad local.

Hemos podido intervenir en dos estructuras de este asentamiento estacional. La primera de las construcciones intervenidas fue la C23, una cabaña totalmente arruinada en la parte más alta de la braña. La construcción solo conservaba una parte de un suelo empedrado con pequeños cantos de menos de 20 cm, que se disponía directamente sobre rocas naturales. La ubicación de esta construcción en una pequeña zona llana de una ladera de acusada pendiente, expuesta a frecuentes desprendimientos de materiales procedentes de la parte más alta así como a aludes de nieve durante la estación invernal, explica el total arrasamiento de la estructura y la imposibilidad de localizar ningún  material arqueológico .

Fig 3

Figura 3. Excavación de la C23 en la braña de Los Fuexos.

La segunda estructura intervenida fue la C18. La cata ocupó un total de 20 m2, y al igual que en la primera zona intervenida se documentaron complejos procesos posdeposicionales que arruinaron el asentamiento. La situación de esta segunda estructura, en una zona de la ladera, nos ha permitido recuperar gran cantidad de materiales cerámicos, metálicos y restos de animales consumidos. Sin embargo, éstos se encuentran en posición secundaria y proceden de los niveles superiores del asentamiento que fueron depositados por acciones de arrastre una vez que la cabaña ya estaba arruinada. La mayoría de los materiales podemos adscribirlos a un periodo cronológico entre los siglos XVIII y principios del XX, pero tenemos algunos fragmentos que podemos atribuir a los siglos finales de la Edad Media.  De los niveles de uso de la cabaña hemos identificados los restos de un hogar; aunque muy lavado conservó parte de ceniza y restos óseos de bóvidos consumidos. Los resultados de las dataciones radiocarbónicas nos ofrecen un último momento de uso de esta estructura en el siglo XVII.

Fig. 4

Figura 4. Planimetría y detalle del hogar de la excavación de la C18.

En definitiva un asentamiento diacrónico en el que podemos intuir un uso continuado del espacio desde al menos la Baja Edad Media. Esperamos que futuras intervenciones en esta braña nos permitan ir reconstruyendo la historia de este espacio, los cambios en sus modelos de gestión y la importancia que ha desempeñado en la economía e identidad de las sociedades campesinas de Montoubu.

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